Oasis en Berlín
No lo conocía y yo tenía que
estar 3:30 de la tarde en la estación Miguel Ángel de Quevedo. Los nervios los sentía como
una regurgitación leve salir de mis entrañas. Había platicado poco con él, y lo
que se dice entre letras representa una brillante osadía para alguien que
apenas entrevera la persona que eres en realidad.
Era diciembre y el frío por las tardes era tolerable, sin embargo, mis manos estaban trémulas y la derecha estaba metida en el bolsillo de mi chaleco negro, así que se encargó de jugar con las canciones de mi celular, dado que
siempre he sido una melodramática y me gusta darle un comienzo febril a ese
solaz con alguien nuevo. En fin, puse la melodía que más iba con mi estado de
ánimo, y llegué a la estación. Me pareció que fue demasiado rápido el viaje y así recordé su mensaje muy claro: "No vemos debajo del reloj
a las 3:30 PM. Me trae momentos gratos, ¡Me recuerda a mi adolescencia!".
Súbitamente pensé que ese lugar representaría, ahora para mi, el comienzo de algo intenso. Recordaría cuando pasara por ahí que conocí a un "alguien" que aun no conocía. Era gracioso.
Llegué 2 minutos antes y miré a
mi alrededor, y remiré para estar segura que él no estaba. Escasamente lo había
visto, y eso, gracias a la ayuda de una foto, así que tampoco sería sencillo
reconocerlo, pero tenía una leve imagen grabada de su rostro. Pasaron 10
minutos y pensé que no llegaría, pero quise guardar un poco de “fe” y esperar 5
minutos más. La especie de fe que tenía me brindó la mejor vista de cualquier
otra. Me maravillé. Todavía su boca no emitía sonido alguno cuando sentí que
una de mis piernas no me respondía. Me olvidé de todo. Lo vi llegar, y fue
cuando supe que este hombre me daría por completo en la torre... En la madre, así como se dice, como se piensa. De esos hombres
que sabes (algunas lectoras que tengan tiempo de leer estas líneas me
entenderán), que te van a joder la vida, el pensamiento, la existencia, lo que
sea que le entregues de primera vista a alguien, sabes que, en ese momento, ya
te chispo algo que desconocías.
Emitió un breve sonido de sus
labios: - ¡Hola! – y retumbo en mi cabeza, así, en ese preciso instante, su voz
migró en cada arteria y vena de mi cuerpo. La sangre llevaba el tono de su voz
como si ésta estuviera acunada en versos, en estrofas, en sonetos. Me dejé ir
por unos segundos y contesté con una risa tonta.
- ¡Hola! – dije con la voz
emocionada y los brazos trémulos. Supongo que se dio cuenta porque emitió una
sonrisa que llenaba la estación de notas musicales. Su sola presencia provocó
una fugaz iridiscencia que se quedó conmigo durante todo el tiempo que pasé con
él.
Caminamos un par de calles para
ir a un lugar a comer. Obviamente emitimos más palabras a la conversación, pero
esto no es lo que quiero contarte. Palabras más, palabras menos, da igual, lo que en
realidad quiero contarte es el aspecto colosal de su anatomía, de su presencia
llena de poder y de la cual, él tampoco sabía que tenía.
No lo imagines en pasado, él
todavía existe y si lo describo en pretérito, es por el simple hecho de que mis
letras lo harán inmortal.
Era alto, aproximadamente 1.80 de
estatura, delgado y con buena postura. Tenía barba un poco desalineada y
enmarañado levemente su cabello de un color café oscuro en combinación de
ciertas tonalidades más claras y pocas canas que apenas se veían.
Su cara era afilada y tenía un
aspecto de tristeza o melancolía, aunque, a decir verdad, eso representaba para
mí uno de sus mejores atributos, las ojeras del cansancio o su avidez por
aprender. Era académico, y eso era ya un punto a su favor, además de algunas
otras peculiaridades con las que contaba. Su blanca piel era el conjunto
perfecto para su voraz atractivo. Combinaba suntuosamente con la fisonomía de
sus manos, eran largas, delgadas y se marcaban muy nítidamente sus venas. Cada
palabra que emergía de su boca, era acompañada de un donaire provocado por sus
manos. Una especie de compás musical, de copla magnifica. Podría describirlo
como un cándido hombre que amaba la filosofía de Spinoza y no comprendía del
todo a Nietzsche, pero hablaba con elegancia y seguridad adquiridas por el
júbilo acumulado del paso del tiempo, que sea lo que sea que hablará sobre
éste, le creías, te asegurabas que decía nada más que la verdad. Que todo lo
que balbuceaba de su voz no eran hipótesis, era verídico, como si el mismo lo
hubiese vivido con el nihilista de la literatura. Su voz de interlocutor se
quedó grabada en mi memoria desde la primera vez que lo vi, además de la
perfección dibujada en sus labios rojos, hidratados por el líquido retórico que
producía su boca al hablar, al comer, al bostezar.
Miramos una película en el cine y, a partir de ese momento, el eco del post -punk dejó de sonar liviano; dejo de ser una época simplemente, se convirtió en la línea punteada entre el deseo y la admiración que sentía por él. Creí que la gracia de su presencia sería un punto entre lo súbito y lo meramente carnal. Me veía tirada en la cama de un motel de Coyoacán, de esos que entras y sabes que habrá lucecitas de colores extravagantes por todas partes, para después cumplir con el favor e irme con la intriga magnifica de su conocimiento social. Total, que me trajo contemplando desde su carro la ciudad, explicándome una vez más lo que le gustaba, lo que contemplaba, y yo me dejé llevar.
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