El parque de México
Una vez me preguntaron si quería casarme; si quería llenar mi vida del lujo impreciso del amor y sus tormentos. Contesté que no y, no porque sea una mujer tergiversada con la idea de compartir tu vida con alguien, de hecho, la conexión que existe con un compañero de vida, es realmente perfecta, pero eso es precisamente lo que me aterra: el no encontrarlo. Que no exista. Yo miraba el tranvía de los autos, el chico del violonchelo; y su abrazo caía sobre mis hombros como una especie de culpa. Sus ojos externaron la dicha de la unión, del corral inmaculado, de la espera sin igual. Mis labios expulsaron como vómito la negación verbal. Y una vez más, sus alaridos silenciosos retumbaron como gritos en mis oídos haciendo explotar mis sienes. Cargué con su pañuelo unos meses y con la disculpa entrecortada en la garganta, aun con eso, yo lo miraba y no encontraba el contexto de mis versos en sus manos; así como la zarpa perfecta de la Sociología andando. Llegué de la manera incorrecta...