El parque de México

Una vez me preguntaron si quería casarme; si quería llenar mi vida del lujo impreciso del amor y sus tormentos. Contesté que no y, no porque sea una mujer tergiversada con la idea de compartir tu vida con alguien, de hecho, la conexión que existe con un compañero de vida, es realmente perfecta, pero eso es precisamente lo que me aterra: el no encontrarlo. Que no exista.
Yo miraba el tranvía de los autos, el chico del violonchelo; y su abrazo caía sobre mis hombros como una especie de culpa. Sus ojos externaron la dicha de la unión, del corral inmaculado, de la espera sin igual. Mis labios expulsaron como vómito la negación verbal. Y una vez más, sus alaridos silenciosos retumbaron como gritos en mis oídos haciendo explotar mis sienes. Cargué con su pañuelo unos meses y con la disculpa entrecortada en la garganta, aun con eso, yo lo miraba y no encontraba el contexto de mis versos en sus manos; así como la zarpa perfecta de la Sociología andando. 

Llegué de la manera incorrecta al metro Patriotismo; observaba nerviosa a las personas y las sonrisas, los temores y las burlas del tiempo en contra. Puedo afirmar que bajé las escaleras con trémula furiosa y cuando estaba próximo a mis brazos, sentí la delicadeza de una llovizna imaginaria brotar de mis ojos. Sus manos parecían entornar el vuelo para tocar mi sombra, sus piernas largas parecían dar zancadas para rodearme en cada paso; y su voz se escuchaba como canto para las ninfas. 

La Condesa se parece a él, por sus calles llenas de cultura y resonancia altiva, por sus velos pastosos caídos como seda en el asfalto y con la iridiscencia que refleja el sol en las cortinas de la corteza de sus ojos. Así es él; sabiondo desde pequeño y curioso por convicción más que por profesión. Sencillo y con aspecto de persona oculta y más culta que escondida. Me pregunto por qué jamás se ha dado cuenta de su increíble y fascinante poder. Si con las mismas palabras, pareciera que evoca sonetos perfectos; la sutileza de sus manos anda sola sin descanso. 

La segunda vez que lo contemplo y que con olerlo lo hago mío. Cautivo de su propia inteligencia busca la salida para la elocuencia de su habla cotidiana y su afán incomprendido. De no saber que es persona lo invento en poemas, libros y momentos cortos de tedio y frío. El temple de su frente figura una tarde con música de fondo; música que reina porque sí y porque es creada para los dos, porque es como nosotros, sin darnos forma, sin darnos trono, sin darnos nada más que el momento compartido. 

Emana de manera heráldica su presencia lasciva en mi mente, cuando lo peor y mejor del caso, es que parece ser natural de su dulce andar, así va provocando el diáfano deseo de su cuerpo junto al mío. Es tan insondable que parecía escrito en la altísima divinidad. 
He aquí donde existe la inmortalidad del personaje en sí, pues cuando el escrito se transforma en la persona, toma vida propia  y muere cuando lo dejes de escribir. 
 

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