Durante tu ausencia



El sacrificio del olvido no es una causa justa cuando se trata de ti. De las cinco primaveras a tu lado, prefería, sin duda, el aroma del invierno entre tus brazos. Me dedicaba a mirar tus gestos y tus manos que iban a la par. Me enamoré de tu tacto y tu inmadurez pueril, de tus dotes de sabiondo y tu seriedad ante todos. De tus dedos medianos, blandos y blancos. De tu barba desalineada y tu nariz más grande que tu cara. Tu desmarañado cabello café, que con el sol tenía destellos de un tinte dorado, más claro que los vellos de tus brazos acompañados con los de tus manos. Me enamoré de tu espalda robusta llena de granitos de tu viviente adolescencia. Y me enamoré también de tu voz en desarrollo. De tu eterno lunar debajo de tu ojo izquierdo, el cual besaba y encontraba mi refugio cuando estaba dolida sin tus besos. Me mirabas extraño y no comprendía el compás de tu alma, no estaba pronosticada la noticia de tu próxima ausencia. Y es que, estando conmigo, te ausentaste en varias ocasiones, pero como fuera siempre volvías a mí, para saberte entre mis piernas y reconocer el sabor de mi pubescente ventana.
Recuerdo tus piernas y el sonido que emitían cuando caminabas hacía mí. El sabor de tu saliva y el natural aroma de tu sudor al secarse. Tus dientes pequeños entablando una leve sonrisa y su crujir cuando comías. 

Aun con todo esto, no recuerdo el granizo entre nosotros, no recuerdo la caldera en la que nos aventamos confiados y no recuerdo el atropello de tu  mente para permanecer sin mí. El duro anuncio de tu ausencia me dejó sin salida y sin cruce. Me dejó con la atónita agonía de un pasado sin rumbo, y es que, lo más gracioso de la tragedia, no es ella en sí misma, sino el regordete premio de la decisión que haya tomado, sea cual sea, estás tú como un presente sin dirección. Te llevo a todas partes y aunque te dejo sin cuidador en otros lados, reapareces para recordarme que debo cuidarte, pero me dueles y lastimas. Me lastiman tus canciones y tus cartas, tus detalles y tus promesas. Me duele tu aroma y me duele tu terquedad de permanecer en donde ya no quiero verte. El sonido de tu voz permanece estático, y aunque han pasado cuatro primaveras desde tu partida, he sentido más gélido el invierno, pero la lección más aprendida que cuando te acostabas en mi regazo y no te aprendía tanto como ahora que no estás en carne viva, pero sí en una especie de revolución en el pensamiento. 

Ahora, mírame aquí, eligiendo qué hacer con mi nocturna vida. He repasado incontables veces todas las opciones que tengo para enfrentarte y he escogido la que mejor va con los dos, tanto contigo por tu tradicional manera de verla vida, y conmigo, por la extraña manera que tengo de percibir el placer, la vida y la añoranza de una moraleja incomprendida. Nuestra historia no fue más que un sin fin de proezas llenas de insulsas frases para llenarnos el alma a momentos, a ratos, a fríos y despiadados disparos para creernos el eterno cielo de un amor perfecto. De un amor que duro una pequeña parte de nuestra lactante vida. Si aún tomado este camino me topo contigo (teniendo fe de no encontrarte en ninguna alcantarilla) prométeme que llevarás contigo el instante fugaz en que nuestros altivos ojos se miraron y se mantuvieron en el viaje de nuestros sueños olvidados. Que podrías jurar antes de cualquier acción que decidas cometer sin mi presencia, que jamás miraste unos ojos como los míos, lleno de regocijo y jubilo combinados con inocente miel de un néctar desconocido. Prométeme que aunque beses un centenar de bocas y bebas miles de fuegos escondidos en copas de cualquier vino tinto, no me hallarás como juramento prohibido, sino como juramento cumplido, negándonos la incertidumbre de haber podido darnos todo, y obtenido todo. Sabiendo que los esfuerzos nunca se tropezaron en vano y que mi sonrisa retumbará en la brisa de tu infinita lluvia cuando estés cantando mi nombre a charcos, a gotas, a tiros sin cabal dirección, a escondidas de tu supuesta felicidad y tu sombría verdad. Llévame en tus adentros y no me sueltes hasta que se permita en algún libro, hasta que se encuentre una fórmula ideal para el despojo de tantos años compartidos.

Sin más, me dirijo a un camino en el cual, repito febrilmente, tengo fe de no encontrarte, en no desearte y pedirte a gritos. Anhelo con una incomprendida esperanza que durante tu ausencia no me estruja las venas y repare en llamarte como oración a un Dios que ya no existe. Caminaré por el umbral de una nueva vida que no conozco, pero me llama y me altera, y en donde imagino, me esperan sombras dibujadas en posiciones extrañas. Cuartos pequeños con salida de laberinto, así que, abrázame ahora, amado mío, que estoy pero no me encuentro, me hablo pero no me escucho, que me rompo pero no me adhiero una vez más a ti. Que estoy pasando ya el túnel de este cruel camino.


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