El eterno intento
Buscándote, recorrí su infame cuerpo. Su lasciva mirada se dirigió tórridamente sobre mis pechos, mi cuello, mis ojos y la tranquilidad de mis huesos. Lo sentí como un estrépito suspiro entre su respiración y la mía, entre su corazón y el mío. Tomé su rostro con una de mis manos y lo miré en una especie de monumental agonía; podría comprender en su mirada el mismo vacío que yo sentía, que me carcomía por dentro. En una exultante pausa, comprendí que ambos estábamos ahí porque nos llenábamos a ratos hieráticos. No puedo negar que sus caricias alimentaban como limosnas el vacío de las tuyas pero, en momentos, me hacían perder el esfuerzo por encontrarte. Me mantenían en una cierta inanición y, para ese entonces, y absurdamente me llenaba el alma, las entrañas, el pensar, la mente, el frío, los labios, el sexo, todo lo que complementaba a "esta nueva yo".
Para cuando lo volví a ver, tenía lo prometido en la mano y mi complaciente fervor se iba apagando, sin duda, pero dentro de esta umbrosa coraza no exista cabida para pensar en algo más. Cuando me permitía sentir con él, me comprendía un tanto meliflua y otro tanto insulsa, una combinación extraña en lo que deseaba ser y, lo que la decisión de tu partida me motivo a seguir ese deseo. Un incentivo jamás provisto pero, sí efectivo para cuando miraba y ya no estabas. En cada lugar al que miraba, tu ausencia se posaba como eterna infamia, y cuando a uno le pasan estas cosas, lo mejor es acceder a a la trampa del enemigo. Déjame decir que el hecho de tenerlo a él conmigo, también tenía su mérito; tocaba mi cuerpo con una fruición exacta que parecía que conocía el molde de mi anatomía. Como si él tuviera el instructivo de mi placer y, la receta para verme hecha mujer. Jamás le permití entrar en mi alma como hombre pensante, como hombre de vida, como hombre de transformación; le permití el paso entre las paredes del ornato que se hallaba entre mis insensibles muslos, no más, no menos. No quería permitirme aún el hecho de traspasar ese diáfano intento entre el sentimiento y el erotismo. Yo estaba postrada ahí para algo, y no me involucraría en nada más.
Después de unos días lo volví a ver, y esta vez no fue la típica cita exigua de nuestros conmovedores encuentros semanales, esta vez era para decirme algo que, desde mi perspectiva era serio y comprometía algo más que la superficialidad de su voz y su piel. Llegué puntual, raro en mí, pero ahí estaba. Se aproximó a mí unos 15 minutos después de que yo llegué a aquel lugar, y con la voz inocua me dirigió exactas sus proezas de cuidarme y protegerme. De figurar en mi vida como una especie de padre adoptivo. Una especie de persona ayudando a un animal mal herido. Lanzó como balde de agua helada las palabras a mi cuerpo, y me quedé mirando su boca como en cámara lenta, como si de repente esa propuesta fuera lo que necesitaba para caer a su regazo y dejarle entrar a lo que, después de ti, decidí mantener en un exilio profano lleno de aflicción.
La descripción de su fútil propuesta era el hecho de mantenerme a salvo de los pensamientos continuos de tu vida, y yo, a cambio de esto tenía que hacer de cuenta que era feliz a su lado (lo que representaba un rato de 2 horas o una tarde entera, una vez a la semana). Era una especie de pacto conjugado entre él y yo, y lo demás que a ambos nos doliera en los huesos, las arterias, el alma. Así que, valientemente tragué saliva y, contemplé una imagen con nitidez abrumadora de lo que podría representar este comienzo, este torrente de dudas sumergidas, de deseos del pasado, de lo que fuera que tenía escondido y me daba por pérdida la batalla. Levemente lo tomé de la mano, y así, con la débil expresión de un" vamos a intentarlo", le besé con ternura hasta llegar a su dedo índice, señalando que era tarde y comenzaba a hacer frío. Mi intento heroico comenzaba a tener vida cuando nos subimos al auto, y en vez de mirarnos vacíos, nos miramos acompañados. Intentando.
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