El Jardín del Edén
-¿Cómo será el Jardín del Edén?- Me preguntaba cuando le veía hablar mientras utilizaba sus manos. Era como un director de orquesta coordinando mis ojos y captando mi atención a lo que emanaba de sus labios. Sentada sobre aquella banqueta me detuve a pensar sobre esa tarde en particular. El viento resoplaba y mis cabellos iban de un lado a otro, los perros se acercaban a nuestros tacos al pastor y yo bebía Coca - Cola; siempre me he sentido culpable por beber ese veneno riquísimo, pero ¿Qué le puedo hacer ya? Pensaba también que haberlo conocido, podría ser el principio a la entrada al Jardín del Edén, y que el roce de sus manos podría generar una comparación entre lo que se dice de este paraíso y lo que sus manos guardaban para sí mismas.
Caminamos un tramo por la avenida Álvaro Obregón, y como es su intelectual costumbre (y como mi particular guía de turistas) me llevó a conocer ciertas figurillas postradas en aproximadamente cada 5 metros de aquella avenida. Seguía pensando en aquel Jardín y el eco de su voz de locutor. Nos sentamos de nuevo en otra banqueta y me preguntó - ¿Qué quieres hacer?-. La pregunta resonó en mi mente y me hizo recordar a Catalina Guzmán y su inteligente respuesta - Lo que tú quieras, ¿Tú qué quieres hacer?-.
Y así, se recostó en la cama, para lo cual, inmediatamente me acerqué y lo abracé. De pronto, sus manos acariciaban mi frente, mis cabellos, mis pómulos de una manera pura y natural, así como el significado propio del Edén. Cerré mis ojos y lo besé, sentí su saliva como mar de agua dulce sobre mis labios, sobre mi cuello y mis senos. Comprendí que la lujuria de sus manos ardía en mi cuerpo como sangre hirviendo. La suavidad de sus manos recorrió incesante mi espalda y mis piernas, mi cuello y mi rostro, donde sus ojos se situaban a la par con los míos, y nos miramos y nos hicimos a un lado todos los prejuicios y las demoras de otros tiempos perdidos.
Mis manos hurgaron dentro de su playera en lascivos movimientos, en urgentes besos y en pecaminosas palabras, que no eran dignas de un lugar como el Jardín el Edén. La corriente de mis labios recorrió imprecisa aquel falo sin igual y con la delicadeza que lo caracteriza sumergió su deseo por mí, evoqué un gemido como si fuera melifluo, una especie de paroxismo no vivido. Era como una copla sincopada que ambos emitimos y nadie podía quitarnos.
Termínanos desnudos y abrazados, rozándonos con la palma de las manos el sudor y lo que restaba del deseo. Nuestras pieles brillaban, rebosantes después de aquel momento y volví a comprender que él era la representación perfecta de aquel Jardín, con sus manos perfectas y su cabello enmarañado. Con el toque leve de sus canas y con su barba desalineada. Con sus conocimientos y sus experiencias. Con sus dotes de intelectual y su voz de locutor. Con todo lo que él era, me di cuenta, que era la sensación no vivida, la fábula aprendida y el mito en que yo debía creer.
Comentarios
Publicar un comentario