Le quiero

¿Qué si lo quiero?  En este momento, lo quiero dentro y fuera de mí. Lo quiero como el surgimiento de un nuevo movimiento social con disturbio y alojamiento para los indefensos, los que no se escuchan porque siempre están al filo del mañana y del que qué pasará. Lo quiero porque invade lo que estoy por pensar y lo que pienso cuando lo escribo, cuando lo moldeo, cuando lo invoco, cuando lo hago mío y más cuando no se sabe suyo. Lo quiero incomprendido y subrayado. Lo quiero extenso y resumido. Lo quiero sumergido en su agonía y en su disfrute por el arte y lo desconocido. Lo quiero así, con la ligereza de sus manos y el eco de su voz retumbando en mis oídos; lo quiero de noche y de madrugada, en su casa y en la mía. Lo quiero en mis versos y mis escritos, en mis palabras y sus letras. Lo quiero con su pálida mirada y la comisura sin igual de sus labios. La sutileza encaminada de sus manos me proyectan la felicidad del querer aun sin ser concebido. Así lo quiero, caminando entre mis adjetivos y mis nexos, acariciando la punta de mi lengua para no pronunciar la primera sílaba salada de su nombre. 

¿Qué si lo quiero?

¡Claro que lo quiero! Mientras a hurtadillas el silencio lo pronuncia; mientras mi retórica mirada evoca su cuerpo etéreo junto al mío. Lo quiero con las costillas rozando las mías, y sus nudillos frotando los míos por el frío de estos meses. El abrigo de sus brazos es el refugio perfecto, es como si una atenaza se asiera a mi pequeño y regordete cuerpo. 

Cuando él me toca, mi piel, de repente, se vuelve el cataclismo vivo de una transeúnte sin destino. Es como si tomara mi cabeza con tal destreza que jugar con ella no significara perder el camino y reversa. Es consentir en un excelso intento el vasto beso de sus labios prendidos frente al torrente fuego de su sudor cayendo, como si el chasquido de sus dedos fueran el punto del no retorno. 

Lo quiero porque su propia desnudez comprende el inefable sentimiento cuando lo veo. Es poder tocarlo y servirme de un paliativo entre mis manos para calmar el ansío por dentro. Es el momento de mis más lascivas y perversas fantasías, porque al mismo tiempo son las que comprenden una ternura incomprendida, una ternura que nosotros hemos inventado por cortesía de la vida. Fue el tórrido momento de conocerlo y escribirlo, narrarlo, imaginarlo, tenerlo, saborearlo y anhelarlo. Cada sabatino es el plácido encuentro del cariño medido en póstumos ratos. Y es que lo quiero pero no para que me convierta en manida y simple, sino para que me convierta en beldad de sus escritos y pensamientos. De aquellos descubrimientos conmigo. Mi hermética forma conduce su senda por el umbroso e imperante camino de mi cuerpo y el suyo. De la plena fruición de habernos encontrado, o quizá, de haberlo encontrado. de poder tocarlo y comprender que el melifluo lenguaje que emana de sus labios existe para mí. Lo quiero porque evoca para mis adentros la catástrofe del pensamiento y la lucha futura por defenderlo. Lo quiero sin enunciados y descripción. Lo quiero con sus canas señalando los cuadrantes del 1 más 1 igual a 2 más que yo en cada una de ellas; porque en esas mismas grisáceas cabelleras, arranca juventud ávida de mi escrupulosa melena.

Sin más, lo quiero porque en él me pierdo y me encuentro, porque en él concibo la teoría del garbo y del texto bien escrito y detallado, de la profesión sin título y bien ejercida; porque en él hallo la conexión sincera entre hacer porque sí y hacer porque se debe. Lo quiero porque es la lucha de todos los días, es la reencarnación vivaz de mi amor por el día a día. Lo quiero porque es la melodía jamás compuesta, el ritmo y el verso jamás medidos. Es el escrito que jamás ha leído y el contexto que jamás se ha comprendido. Lo quiero porque me golpea el pecho cada vez que lo pienso, porque me respira y provoca el exangüe cotidiano y reconfortante. 

Lo quiero sin hora pero sin dejarlo en alguna fecha. Lo quiero para ilustrarlo con letras mal pintadas y rebuscados colores para escribirlo como una acuñación en versos. Lo quiero leal y lo quiero en otras fuegos de vino tinto, lo quiero dibujando mi rostro cuando no me pueda leer, y lo quiero en la esquina de nuestra imaginaría vida. Lo quiero en mis anhelos de las 3 de la mañana para escribirme en acuarela y recitarme diáfanas y extrañas canciones. 

¿Qué si lo quiero? Diré sin miedo, que lo quiero por ser él. Por ser la ventaja escrita de una prosa mal leída. Lo quiero porque simplemente me brinda una rutina sin días. 

Cuando me leas, ya no me preguntes si lo quiero, mejor pregúntame; Si me quiero sin él, y ese día, probablemente, y como pirata, yo esté naufragando a orillas de su nueva vida. 

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